miércoles, 10 de septiembre de 1997

PRESENTACION DE LA OBRA R E L A T O S C O R T O S

Miércoles 10 de septiembre de 1997

Con enorme satisfacción he atendido la cordial invitación que me formuló Oswaldo hace algunos días para estar presente en este acto, no únicamente por el grado de amistad y algo de familiaridad que mantenemos, ni por el espíritu de cuerpo -por decir de alguna manera a ese sentimiento de solidaridad profesional como periodistas que somos-, sino, sobre todo, porque soy un convencido de que para los tabacundeños debe ser un deber ineludible respaldar las gestiones y trabajos que revelan que nuestra Tierra sigue siendo una cantera inagotable de cultura. Por ello, antes de iniciar este encargo quiero expresar mi agradecimiento especial, sincero e íntimo, a Oswaldo Mantilla Aguirre por haberme distinguido, inmerecidamente por cierto, con el alto privilegio de compartir unas cuantas palabras en este acto de trascendental importancia en la vida cultural de nuestro pueblo.

La verdad, no sé si lo que pueda decir en esta noche logre cumplir este difícil encargo, sin embargo ya que lo acepté intentaré presentar estos relatos cortos con una visión no del crítico literario sino apenas del periodista, del comunicador que se enfrenta a diario con la misión de reflejar con la mayor objetividad posible los hechos que nuestra sociedad produce.

Con este antecedente, que era necesario precisarlo, quisiera sintonizar el pensamiento del autor de estos relatos, y aunque puede parecer muy pretencioso, quisiera compartir también el criterio de todos quienes están presentes en este acto y de quienes se quieran dar el placer de revivir escenas, costumbres y tradiciones que el tiempo parece haberlas depositado en un baúl de ingratitudes, y que Oswaldo los rescata y presenta con una sencillez tal que nos invita a no olvidar pasajes de nuestra cultura popular.

Relatos Cortos, así ha titulado Oswaldo a su obra que es, desde mi personal visión -y en esta parte les pido me disculpen que invada brevemente la orilla estricta del comentario y análisis que se hará de este trabajo-, un conjunto pequeño de escritos que se inscriben más en el género periodístico de la crónica histórica y costumbrista, pero que no obstante logra con acierto coquetear con el perfil literario. Esto revela con integridad que Oswaldo ha cumplido y sigue cumpliendo ese compromiso de ser el historiador del tiempo presente, como se considera el trabajo de un comunicador social. Pero antes de intentar entrar en un detalle no minucioso, aunque sí más específico de lo que integra esta obra, podemos decir que quizá es posible distinguir en el conjunto de relatos tres partes claramente diferenciadas: los tres primeros escritos que se presentan nítidamente ubicados en el escenario de nuestro pueblo natal; una segunda parte que corresponden a facetas más particulares y un apéndice que constituye una suerte de regalo para el lector, un breve diccionario humorístico en el que se conjugan con ingenio escenarios y definiciones más generales o comunes para todo aquel que lea el libro.

Para quienes conocemos de cerca la trayectoria profesional de Oswaldo, estos relatos cortos significan no solo una constatación más de su preocupación por dejar una huella sobre ese inmenso vagaje de tradición y cultura del pueblo al que nos debemos; es, sobre todo, la ratificación de esa recóndita pasión por escribir con esa visión del testigo que participó de esas amenas reuniones familiares o de amigos en las que, efectivamente, el tema de atención central constituía las historias o fantasías de duendes o huacaiciques; brujas voladoras o cajas roncas, o en fin, cuentos que en la niñez que nos tocó vivir nos ponían "los pelos de punta", como dice Oswaldo, pero que nos encantaban escuchar.

Y creo que cuando el autor nos cuenta esos momentos lo hace desde dos perspectivas: desde la narración descriptiva de sitios como la calle real, la antigua casa de la plazuela, el parque, o habla de los faros que alumbraban las oscuras noches tabacundeñas. Por eso decía yo que más se aprecia en su trabajo el desarrollo periodístico del relato, pero que es posible descubrir rasgos de picardia de la narrativa literaria en hipérboles como que la gente en el pueblo se conocía de tal manera que era posible que alguien supiese inclusive del "lunar de debajo del calzoncillo". Con un breve escrito sobre esta característica del pueblo hasta entrada la segunda mitad del presente siglo empieza Oswaldo su pequeña obra; luego se descuelga en otra característica de nuestra niñez que era precisamente la de no depender de la tecnología para crear y confeccionar los juguetes que hicieron en su momento que nuestra vida lúdica sea plena y sin complejos. Nos habla en su segundo relato sobre la inventiva infantil para hacer el tractorcito al que se lo daba vida, por decir de alguna manera, con los materiales más simples, como un carrete, un elástico y cera, aunque siempre respaldados en las leyes de la física y la propulsión.

Luego Oswaldo nos hace un exhorto a que no dejemos morir esa tradición de fin de año y año nuevo: los remedadores que tan comunes eran en nuestro pueblo y que revelaban la picardía de nuestra gente, con lo que gozábamos a más no poder con las ocurrencias de los agraciados imitadores de la temporada de inocentes. Y finalmente Oswaldo trae a nuestra memoria algunas características de lo que hace algunas décadas eran las corridas populares de toros en nuestro pueblo, cuando quizá más que hoy se vivía la fiesta brava de una manera muy especial. Nos recuerda que el ganado que era lidiado era de las haciendas de Mojanda, Santa Gertrudis, Guaraquí o Santa Mónica, lo que ahora sencillamente ya no es posible; nos habla de cómo eran arreados los toros y de los arriesgados personajes del toreo como el fullico Cisneros, el Aníbal colada, el Cholo Torres o el Conejo Miguel, entre otros.

Hasta aquí el escritor nos presenta un escenario de acontecimientos y tradiciones ambientados en nuestro pueblo. Los otros tres relatos (Trinity en la 24, Quito intermitente y Noches movidas) corresponden más bien a vivencias más particulares de personas que se ven enfrentadas a anécdotas suigeneris como la de no poder disfrutar de una función de cine, pese al esfuerzo económico realizado y el desbordante deseo de los adolescentes tío y sobrinos, por la inmensa multitud que acudió con tal propósito; o la ingenua curiosidad del hermano menor del estudiante que salió a Quito por saber cómo era posible que su hermano escribiera cartas en la noche si él había contado ya que las luces de Quito eran intermitentes, y finalmente nos cuenta de una singular experiencia del joven que se ve enfrentado a una impensada noche movida en una boat quiteña.

El trabajo finaliza con un diccionario humorístico que, como ya había señalado antes, nos ofrece definiciones y ocurrencias que revelan la chispa para dar un giro a la vida y consigue arrancarnos sonrisas en un tiempo de caras largas, muy comunes en nuestra sociedad postmoderna llena de prisas y preocupaciones.

Quien tenga en sus manos estos relatos cortos va a tener la oportunidad de disfrutar de estos escritos sencillos y profundos a la vez que nos ofrece en esta oportunidad Oswaldo, a quien felicito con sincera emoción.

José Nelson Mármol M.

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